La decisión difícil de un precio no es la cifra, es la unidad. Aquí se cobra por espacio de trabajo y no por asiento, sin permanencia y sin coste por publicación, con cinco cuotas de las que una sola es blanda. No hay plan gratuito, y un espacio que deja de pagar queda bloqueado en modo lectura en lugar de perder nada.
La pregunta no es cuánto, es por qué unidad
Cuando alguien se sienta a poner precio a una herramienta, la conversación se va enseguida a la cifra. Es la parte fácil: se mira lo que cobran los demás, se elige un sitio en esa escala y se discute durante una tarde. La decisión que de verdad marca el producto durante años es otra, y se toma antes: por qué unidad se cobra.
Cada unidad posible es una frase sobre qué clase de cliente quieres. Cobrar por publicación castiga exactamente aquello para lo que existe la herramienta, y acaba con gente calculando si una historia merece la pena. Cobrar por marca obliga a limpiar marcas, que es trabajo que no produce nada. Cobrar por usuario pone un peaje a que entre alguien más, y ese alguien más suele ser justo quien debería estar mirando.
Nosotros elegimos el espacio de trabajo entero. Los límites son del espacio y no de las personas que hay dentro, y todo lo que viene después, la escalera, las cuotas y lo que pasa cuando alguien deja de pagar, es consecuencia de esa elección. Si estás comparando lo que cuesta montar tu operativa completa, el coste de un stack de redes suma el conjunto en lugar de cada pieza suelta.
Por qué no cobramos por asiento
El precio por asiento tiene una lógica comercial impecable y un efecto secundario que se ve a los seis meses: la gente deja de dar acceso. El becario trabaja con la cuenta de otro, la persona que lleva la facturación no entra nunca y el permiso de solo lectura, que existe precisamente para limitar el daño, se convierte en una decisión de presupuesto.
Eso nos parecía un mal negocio incluso para nosotros. Un producto que se usa entre varias personas se queda; uno que se usa con una contraseña compartida se cancela el día que esa persona se va. Así que sumar a alguien al equipo no mueve la factura, y los roles se reparten por lo que tiene que hacer cada uno y no por lo que cuesta cada uno. En los espacios de agencia eso incluye las cuentas del portal desde las que entra el cliente a ver su trabajo.
La contrapartida es honesta y conviene decirla: si no crecemos con la plantilla del cliente, la escalera tiene que apoyarse en otra cosa. Se apoya en las cuotas, que es la parte que hay que leer con calma y está desarrollada en asientos y cuotas.
Cinco cuotas, y solo una es blanda
Un plan es exactamente cinco números. No hay un sexto escondido.
| Cuota | Qué limita | Al llegar al tope |
|---|---|---|
| Miembros | Personas dentro del espacio | No entra una más |
| Almacenamiento | Lo que ocupan archivos y medios | No se sube nada nuevo |
| Cuentas sociales | Perfiles conectados para publicar | No se conecta otro |
| Cuentas de anuncios | Cuentas publicitarias enlazadas | No se enlaza otra |
| Contactos de automatización | Personas a las que escribe el mensaje automático | Se sigue enviando y el exceso se factura |
Las marcas no están en esa lista y es la confusión más habitual. Una marca no consume cuota propia: consume cuentas conectadas, porque toda marca usa al menos una. Con diez cuentas contratadas y ninguna conectada caben diez marcas; con nueve puestas en una sola marca queda sitio para una más. Más marcas significa más cuentas, no una fila distinta en la factura.
La quinta cuota es la única blanda de las cinco, y además el techo solo existe en el escalón de entrada de cada perfil: por encima de él no hay límite. Donde lo hay, nada se bloquea al alcanzarlo. La automatización sigue mandando mensajes y el exceso aparece como una línea en la factura del mes, cobrada por contacto. El razonamiento completo, que es más interesante que la regla, está en por qué no cobramos por contacto.
El número que ves es el que pagas
Los precios llevan el IVA dentro. No es un detalle de maquetación: significa que la cifra de la tarjeta es la que sale del banco, sin una sorpresa del 21 % en el último paso del pago. Quien factura en Madrid ve ese impuesto desglosado en su factura y se lo deduce como cualquier otro gasto; quien factura fuera ve el mismo número sin ese impuesto encima.
La alternativa, anunciar la cifra limpia y sumar después, hace que el precio parezca más bajo de lo que es hasta el segundo exacto en el que deja de parecerlo. Es una decisión que nos cuesta en la comparación de una tabla y la mantenemos igual.
Tres públicos, tres escaleras
No hay una escalera única con funciones apagadas. Hay tres, una por perfil, porque las tres formas de trabajar no se parecen en nada.
- Un creador lleva sus propias marcas y no tiene clientes: su escalera crece en cuentas conectadas y en volumen, no en burocracia.
- Una empresa lleva su propio marketing con un equipo dentro, así que lo que necesita es tareas, chat y una aprobación interna antes de publicar.
- Una agencia trabaja para terceros, y solo ahí tienen sentido el portal del cliente, el informe mensual, los presupuestos, los contratos y las facturas con tus series.
El perfil se elige al darse de alta y se puede cambiar después, así que no es una puerta que se cierre. Dentro de cada escalera, el módulo de anuncios entra en el segundo escalón, y hay un puñado de módulos que no vienen en ninguna fila: se activan sobre un plan o se compran como complemento, que es la forma de no cobrarle a todo el mundo por algo que usa una parte. Cuánto de todo esto repercutes tú a tus clientes es otra conversación, y está en cuánto cobrar por llevar redes sociales.
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Pruébalo gratisNo hay plan gratuito, y esto es lo que pasa si dejas de pagar
Cada cuenta conectada cuesta dinero todos los meses, se use o no, así que un nivel gratuito permanente sería un coste fijo pagado por quien sí paga. La prueba dura catorce días sobre el plan de entrada de tu perfil, con la tarjeta puesta al darte de alta y sin ningún cobro hasta el día 15, y se puede cancelar antes sin pagar nada.
Cuando una prueba o una suscripción termina sin pago, el espacio se bloquea, y lo que ese bloqueo es exactamente importa más que la palabra. Es solo lectura: se entra, se mira todo lo que había y no se escribe nada, salvo en la pantalla de suscripción y en el soporte. No hay una pantalla de muro que te expulse, porque alguien a quien echas de su propia cuenta no puede ni ver qué está perdiendo.
Lo que sí ocurre en el momento del bloqueo son dos cosas concretas: las publicaciones que estaban programadas se cancelan, para que no salga nada a nombre de un espacio que ya no paga, y las cuentas sociales conectadas se liberan. A partir de ahí hay catorce días de margen, con avisos por correo antes de que se cumplan, después de los cuales se borran los archivos del Drive y la biblioteca de medios. Todo lo demás se queda: facturas, briefs, tareas, chat, bandeja, informes y tu marca. Al volver a contratar, el espacio se abre tal como estaba, salvo las cuentas sociales, que hay que reconectar.
Lo que no cobramos
No hay permanencia, no se cobra por publicar, no se cobra por aprobar y no se cobra por conectar una red más de las contratadas ni por un informe. La única línea que puede aparecer por encima del plan son esos contactos de automatización, y solo en el escalón donde existe un techo.
Y queda la pregunta obvia: por qué un artículo sobre precio no lleva ni una cifra. Porque los planes de este producto no están escritos en el código, son filas de un catálogo que se editan desde una consola. La página de precios lee ese catálogo en vivo, así que siempre dice la verdad; un número copiado aquí sería verdad el día que se escribe y mentira a partir de cualquier martes, sin que nadie se entere. Las cifras vigentes, con las cinco cuotas de cada escalón, están donde deben estar, en la página de precios.